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Vivimos

Según la forma del Santo Evangelio

Nuestro proyecto de vida consiste en creer y guardar
el santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo,
sin otra tarea esencial más que vivir de su Palabra,
en entrega de amor a su voluntad,
con un estilo típicamente franciscano:
desde nuestra vida de contemplación,
en fraternidad, trabajando y compartiendo
lo que somos y tenemos con sencillez.

Queremos hacer del evangelio - que para nosotras es ante todo una Persona, la persona de Jesucristo - nuestra regla y vida, lo que implica reconocer el primado de Dios, de Cristo y su Palabra en la vida de cada día.

«La forma de vida de las Hermanas Pobres instituida por el bienaventurado Francisco es ésta:
guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (Regla de Clara, 1)

Vida contemplativa

Nuestra contemplación, como la de Francisco y Clara, se realiza siguiendo las huellas de nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra forma de vida contemplativa intenta poner de manifiesto que el fundamento de todo está en Cristo y que merece la pena centrar la vida en Él, para encarnar el evangelio de una manera comprensible para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No es una huida del mundo; tratamos de hacer nuestras las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias, las carencias y urgencias de nuestro tiempo, esforzándonos por responder a ellas con fidelidad creativa.

«El Hijo de Dios se ha hecho para nosotras camino... y nuestro bienaventurado padre Francisco, verdadero enamorado e imitador suyo, nos lo ha mostrado y enseñado de palabra y con el ejemplo» (cf. Testamento de Santa Clara).


Oración

Nuestra jornada comienza a las 7 de la mañana en el silencio de la oración. Mientras que la ciudad comienza su ajetreo, las hermanas nos encontramos en la Iglesia para disponer el oído de nuestro corazón a la escucha de Dios en la oración.

La oración es el corazón de nuestra vida, su respiración, su ritmo, nuestro oficio en cierta manera. Cada día, nuestra oración hace memoria y celebra la acción de Dios en favor de los hombres. Reconoce, suplica, admira, agradece, adora y alaba a Dios que cuida con amor de toda la creación.

La clausura es un modo particular de estar con el Señor, de entrega amorosa al único Absoluto y a lo único necesario; es parte determinante de nuestra opción por seguir la pobreza y humildad de Cristo tras los pasos de Francisco y Clara de Asís.

En el reducido espacio de la clausura, sin apenas posibilidades de distracción o dispersión, el silencio no es ausencia de palabras como si nada tuviéramos que comunicar; es un silencio orante que acoge la Palabra, que busca la verdad más profunda de sí misma y se da feliz a los demás para compartir con amor entrañable lo mejor de sí.

El retiro y silencio contemplativo custodia y favorece nuestra vida interior. No es una huida ni un refugio sino el espacio propio para escuchar el murmullo suave de Dios y sacar de ahí la fuerza para amar. La autenticidad de la palabra y de los gestos, madurados armónicamente en el silencio, ayuda a construir una personalidad verdadera, libre, serena y acogedora.

En fraternidad, sin nada propio

La fraternidad es el ámbito privilegiado en que vivimos el seguimiento de Jesús, donde descubrimos que el camino del Evangelio, vivido en radical desprendimiento, se convierte gratuita y misteriosamente en vida compartida.
Al abrigo de la fraternidad podemos vivir la auténtica pobreza, aquella que nos despoja de nosotras mismas por amor y nos lleva a poner la vida en manos de Cristo y a entregarnos a los demás, alargando siempre más nuestro círculo de comunión y de acogida a todos.

En relación con todos

Intentamos dar calidad humana y espiritual a nuestra vida apostando por una formación teológica y espiritual permanentemente actualizada. La preparación esmerada y creativa de los espacios litúrgicos, comunitarios, recreativos nos ayuda a permanecer vivas en el amor y a no resignarnos nunca, a no refugiarnos en la costumbre, que adormece y paraliza cualquier espíritu de iniciativa.


   
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